Recientemente el Indec arrojo el dato de la baja del desempleo al 6.6%. Lo que no te están diciendo es que el empleo en Blanco Bajó! y que lo que creció fue el trabajo en negro (informal) y el monotributo… La mentira de la medición
Los recientes datos publicados por el INDEC sobre el tercer trimestre de 2025 presentan una paradoja que los especialistas en el mundo del trabajo no pueden ignorar. Mientras el organismo oficial celebra una caída en la tasa de desocupación al 6,6% (una baja de 0,3 puntos interanual), un análisis pormenorizado de las planillas revela una realidad alarmante: el sistema ya no está generando puestos de trabajo asalariados y registrados en el sector privado. Lo que hoy sostiene el «empleo» en Argentina es una mezcla de informalidad pura y cuentapropismo precario.
El truco de la medición: ¿Quiénes son «ocupados»?
Para entender por qué los números no coinciden con la percepción en la calle, hay que recordar cómo mide el INDEC. Según la metodología de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), se considera «ocupada» a toda persona que haya trabajado al menos una hora en la semana de referencia percibiendo un beneficio.
Bajo este paraguas técnico, el INDEC computa por igual a un operario industrial con convenio colectivo y obra social que a un repartidor de plataforma, un vendedor ambulante o un profesional que sobrevive con un monotributo social. Los datos del último trimestre son contundentes: del total de los nuevos puestos de trabajo creados en el último año, el 85% fueron informales.
Radiografía de la degradación laboral
El deterioro de la calidad del empleo se manifiesta en tres ejes que configuran una «tormenta perfecta» para el movimiento obrero:
- Informalidad Récord: La tasa de informalidad alcanzó el 43,3%. Esto significa que más de 5,5 millones de trabajadores en los aglomerados urbanos no tienen aportes jubilatorios, ART ni cobertura de salud. Si sumamos a los cuentapropistas, el empleo «sin derechos» ya supera el 51% de la fuerza laboral total.
- Cuentapropismo de subsistencia: Ante la falta de vacantes en el sector privado registrado, miles de argentinos han volcado sus expectativas al monotributo. Sin embargo, no se trata de un auge del emprendimiento real y pujante, sino de un refugio para evitar la desocupación abierta. El empleo asalariado privado, mientras tanto, sigue en retroceso con una pérdida acumulada de casi 50.000 puestos en el último semestre.
- Sobreocupación por ingresos: Los datos muestran que el 28,2% de los ocupados trabaja más de 45 horas semanales. No es por elección, sino por necesidad: en un contexto donde el salario real no alcanza a cubrir la canasta básica, el trabajador debe multiplicar sus horas o buscar «changas» extras para compensar la pérdida de poder adquisitivo.
El fracaso de la Ley 27.742 y la eliminación de multas
A un año de la implementación de la reforma laboral contenida en la Ley 27.742, los resultados contradicen las promesas oficiales. La teoría decía que, al eliminar las multas por trabajo no registrado (las famosas sanciones de las leyes 24.013 y 25.323), las empresas se sentirían «aliviadas» y comenzarían a blanquear a su personal.
La realidad fáctica indica lo contrario. Al eliminar el elemento disuasorio, se quitó el único incentivo real que tenía el empleador para formalizar el vínculo. Hoy, para muchas empresas, «conviene» mantener al trabajador en negro: si son descubiertos o enfrentan un juicio, el costo indemnizatorio es infinitamente menor que antes. Lejos de fomentar el empleo en blanco, la reforma ha institucionalizado la precarización, dejando al trabajador sin herramientas de presión ante el fraude laboral.
Un escenario de incertidumbre judicial
A pesar de la letra de la ley, el conflicto se ha desplazado a los tribunales. Ya se registran fallos donde los jueces, ante la eliminación de las multas, aplican criterios de «daño moral» o «daño existencial» para compensar a los trabajadores informales, lo que genera una inseguridad jurídica que la ley pretendía supuestamente solucionar.
En definitiva, Argentina está transitando un proceso de «vaciado» del mercado de trabajo formal. Tenemos menos desocupados, es cierto, pero tenemos trabajadores más pobres, con menos derechos y atrapados en un sistema que castiga la estabilidad laboral y premia la precariedad.
